martes, 28 de junio de 2011

Suprema valentía de la no-violencia

Cuando el impetuoso conquistador Alejandro Magno, con sus terribles ejércitos de guerreros bien templados, invadió parte de la India, dicen, mandó unos mensajeros ordenándole a un sabio (un sandhu, hombre santo) que compareciera ante él, y que si se negaba a obedecer lo mandaría matar. Cuentan que al escuchar dicha amenaza, el sabio soltó una carcajada y exclamó "¿Matarme? ¡Pero si soy inmortal!" Desde luego que con esa convicción aquel sabio no cedió ante aquella demanda amenazante. Esto sucedió hace unos 2300 años, y es una entre miles de anécdotas de la fuerza espiritual, que en el Oriente, vence a la fuerza bruta, muchas veces caprichosa, de un hombre que se sabe con tal poder, tan temerario, que mueve ejércitos sembradores de muerte.
Y de esa gran fuerza espiritual partió Mahatma Gandhi para practicar y enseñar su doctrina de la ahimsa (abstenerse de la violencia), de lo cual en aquel tiempo el místico católico Lanza del Vasto escribió: "La resistencia no-violenta que dirige Gandhi se muestra más activa que la resistencia violenta. Exige más intrepidez, más espíritu de sacrificio, más disciplina, más esperanza que ella. Actúa en el plano de las realidades tangibles y en el plano de la conciencia. Opera una transformación profunda en quienes la practican, y a veces una conversión sorprendente de aquellos contra los que se ejerce."
Los guerreros tuchun chinos o los bushi o samuráis japoneses, preparados física y mentalmente para matar en una fracción de segundo (con una reacción similar al instinto) consideraban que el mejor combate era el que se podía evitar. Muchos de esos famosos guerreros tenían en mayor estima el aspecto espiritual, y esto explica que entre los de mayor preparación los hubo filósofos-monjes del budismo, que terminaron sus días abandonando la vida militar para dedicarse a una más profunda búsqueda en el monasterio. Estos fueron los casos del poeta haijín (haikuísta) Bashoo, que de samurái pasó a monje; y el de Yamamoto Tsunetomo, quien ya en el monasterio escribiría su famoso libro de ética samurái que tituló Hagakure (Mimetizado en el follaje).
Dos guerreros (igual de diestros y destructivos) pueden combatirse con miedo y valentía, pero cada uno tiene la seguridad de sus armas y capacidades como algo a su favor. Ahora pensemos en un desarmado pacifista de la no-violencia, que se enfrenta a un guerrero armado, éste, sin duda, tiene que ser más valiente, valentía que sólo puede provenir de una enorme fuerza espiritual. Gandhi decía: "Yo sé cómo puedo predicar la no-violencia a los que saben morir; pero no se la puedo predicar a los que tienen miedo de morir."
De un viaje que Lanza del Vasto emprendió por la India en 1936, platica su encuentro con un brahmán gandhiano, encuentro que en su libro Peregrinación a las fuentes nos recuerda lo siguiente: "Me habló de él [de Gandhi], me dijo cómo lo había seguido con fervor desde el principio. Me contó la jornada de Bombay en la que había participado. / Avanzaban todos juntos en gran número, con los brazos apretados contra el cuerpo y cantando bajo los golpes: donde caía un hombre golpeado, corrían otros dos para hacerse golpear. Aquel espectáculo derretía el corazón y hacía brotar lágrimas de los ojos a los mismos policías... Cuando me tocó a mí pasar bajo los golpes, los sufrí sin sentir nada. Incluso creo que nunca he tocado tan de cerca la felicidad..."
¿Pero de dónde sacar esa fuerza espiritual que se necesita ahora? Cada persona tiene la respuesta.
José Vicente Anaya

2 comentarios:

  1. hola maestro muy buen texto maestro por aca lo recordamos un fuerte abrazo carlos y ruben macias cd juarez

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  2. El ejemplo de oriente está aqui... somos cada samurai, cada paso de Ghandi, cada Haijin, somos uno: y para ello estamos aqui: poetas recordemos a nuestro niño genio pastor de ovejas; "entre los individuos como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la PAZ"

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